ME ESTOY EMPEZANDO A OBSESIONAR CON LA COMIDA

Quizá tú también te has planteado en alguna ocasión “ Me estoy empezando a obsesionar con la comida ”?

Todo comienza un día cualquiera en el que te sientes pesad@, quizás tras un exceso, un cumpleaños, una cena de clase… Te miras al espejo y percibes ese peso. Entonces piensas que ya ha llegado el momento. Muchas otras veces, anteriormente, te lo habías planteado. “Solo es cuestión de proponérmelo, puedo salir a correr todos los días, incluso subir las escaleras de casa, y así no tendré que comer mucho menos, con que me quite el pan y los dulces, será suficiente”. Ese día ha llegado “Sí, hoy ya lo tengo claro, hoy empiezo”.

Ya te imaginas tu cuerpo dentro de un par de meses, se te ilumina la cara. Comienzas con tu plan de actividades, la motivación es alta, te sientes fuerte y segur@ de querer llevarlo a cabo. Lo realizas sin gran esfuerzo y te sientes mejor, te percibes mejor y solo han pasado 3 o 4 días. Esto te confirma que puedes hacerlo, “¿por qué no habría empezado antes?”.

Ahora tu vida es distinta y sobre todo tu futuro, brillante. Algunos días lo pasas peor, pero bueno, no todos los días estás al 100%, te lo permites, “total, con lo que he avanzado…”. La báscula te dice que sí, la gente también, con palabras o con miradas, está claro, estas mejor. Eso te anima a ir más deprisa, y a no fallar, al menos si no hay una buena escusa. “Si mañana no puedo salir a correr, hago abdominales en casa, o no ceno… y ya está”. “Lo mejor es apuntarme a un gimnasio, le voy a sacar partido”. Allí descubres todo un mundo, y coincides con gente que está en tu misma onda. Te comentan cómo lo hacen, algunas cosas te parecen un poco fuertes, es pasarse. “Tampoco hay que llegar a eso, a mí me va bien así”.

Llegan los exámenes, no hay tiempo para ir al gimnasio, “no me puedo permitir comer lo mismo, ahora no”. Ese día pasas un poco de hambre, “no pasa nada, me acuesto ya y evito la tentación”. Al día siguiente te levantas bien, el examen genial, pero tienes una discusión con tu madre, bastante fuerte. “Estoy un poco alterad@, pero claro es que estoy nervios@, duermo poco”. En la cafetería de la facultad te quedas mirando el croissant con chocolate que se está comiendo alguien en la mesa de al lado, no puedes evitarlo, se te van los ojos, te pones de espaldas y ya está. Esa tarde mientras tratas de estudiar para el siguiente examen no dejas de pensar en ese croissant. Al final no puedes aguantar más y bajas a comprar, te comes 6, media bolsa, y de repente te das cuenta “¿pero qué he hecho?”. De repente tu cuerpo cambia, lo notas en cada curva de tu piel. Esa noche discutes con una amig@, para cenar no tienes hambre, tampoco estudias después, “para esto podría haber ido al gimnasio, que cierran a las 23h”.

Pasan los exámenes, al final, no se han dado tan bien, “y encima no sé ni lo que he comido; mi cuerpo… lamentable”. Decides retomar la rutina del ejercicio, pero no te sientes como al principio, aguantas poco, te miras al espejo y no te ves, te quedas todo el día metid@ en casa, comiendo. Al día siguiente te levantas te vistes rápido y sin desayunar te vas a gimnasio, te pasas allí toda la mañana, te sientes bien, “he vuelto”, respiras… Al llegar a casa vas a la cocina a beber agua, ves el pan recién hecho que han comprado tus padres, empiezas a comer, sin darte cuenta te has comido casi la barra entera en bocadillos, el último trozo lo tiras, te das asco. Dudas si volver inmediatamente al gimnasio “¿Otra vez?” Te acuerdas de algo que te dijeron, es una locura. Intentas distraerte, no comes y pasas la tarde fuera de casa. Por la calle vas mirando panaderías, pizzerías… “me estoy empezando a obsesionar con la comida”. Te asustas, no lo controlas.

El impulso te controla a ti, corres hacia el otro lado, pero vuelves. No encuentras escapatoria. Finalmente lo haces.
Descubre lo que te ocurre, aunque lo parezca, no es la comida.

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